En mi mensaje anterior te prometí compartir una preocupación que me ronda desde hace tiempo. He perdido el dominio sobre la música. Eso me duele, y quizá los vientos cambiantes de los tiempos modernos son los que me tienen así, desvanecida.
Te escribo desde mi casa. Estoy en la misma camilla que te había descrito antes. El doctor me ha dicho que mis signos empeoran y que de seguir así tendría que ir a la clínica más cercana. Creo que mi enfermedad no es solo física. Es existencial. He perdido el monopolio de la música y con él una parte esencial de mi identidad.
Las canciones que antes cautivaban, ahora no son solo mías. Recuerdo cuando vivía en un reino donde los oyentes, con el alma en suspenso, aguardaban el instante sagrado en que sus canciones favoritas se deslizaban por mí. Pero ahora, esa era ha quedado sepultada bajo el polvo del progreso.
Las cintas se han enredado, las grabadoras han enmudecido y las identificaciones que me anunciaban antes un emblema de poder, hoy son un eco perdido.
La revolución digital ha llegado como una tempestad, despojándome de mis dominios. La música ya no es mía, es de todos, de cualquiera, y quizás en esa dispersión es de nadie.
Te cuento que nunca había tosido tanto como anoche. Dormí mal, la camilla y la clínica ya me incomodan. Ya no soy yo. Quiero que me visites por favor.
Escuche, descargue y comparta: Capítulo 5. La pérdida del monopolio musical. (Serie producida con IA).

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