Me encantaron las palabras de tu tercer mensaje. Gracias por el aliento que intentas darme. La poca incidencia, un negocio que no funciona, la frágil programación y ahora la escasa capacitación forman parte de una esperanza que no logro encontrar.
En tu carta me preguntabas si estoy enferma. Pues
te comento que quizá la carga de los años y las heridas del tiempo me han
alcanzado. Siempre tuve pretextos para escurrirme ante cualquier intento de
crítica. Si te hubiera hecho caso.
Recuerdo cuando insistentemente me decías. “Si la
radio fuera el único medio de comunicación en el mundo, no me cabe duda que
sobrevivirías, incluso con un personal carente de formación. Pero esa no es la
realidad que te rodea. Estás al borde de una catástrofe. Y, sin embargo, sigues
repitiendo las lecciones del pasado”. Y claro, en lugar de escucharte abracé
las opiniones que decían que estaba más viva que nunca. Pero eso no fue más que
una colección de mentiras que me afectó al punto de decirte que te escribo
desde una camilla instalada en casa en procura de mi recuperación.
Entiende algo. Tus amigos me siguen enseñando con
los conocimientos del año 2000, o peor aún, de décadas anteriores, y en
realidad eso escapa a mi voluntad. Dile a ellos. Reclámale a ellos. Llámalos.
No todo es culpa mía.
Por favor, disculpa mis palabras. A veces todo esto me hace perder el control. Mientras busco el sueño esquivo, guardo tu carta y espero escribirte mañana para que pensemos en un nuevo desafío muy actual.
Nuestro quinto mensaje hablará de un tema que me hizo muy feliz, la música.

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