Toda civilización deja señales de su paso. Algunas permanecen en las piedras, otras en los libros, las fotografías, las ciudades abandonadas o los objetos que el tiempo consigue conservar. Pero hay huellas menos visibles y quizá más íntimas: las voces. Una voz no ocupa espacio cuando termina de sonar, pero puede permanecer durante décadas en una grabación, atravesar generaciones y devolvernos, desde el pasado, la presencia de alguien que ya no está. La radio pertenece a esa extraña categoría de la memoria: nació para desaparecer en el mismo instante en que era escuchada y, sin embargo, aprendió a conservar lo que parecía destinado al olvido. Durante más de un siglo, millones de seres humanos encendieron un receptor para escuchar noticias, canciones, relatos, advertencias, silencios y voces. La radio fue compañía y espectáculo, información y propaganda, educación y entretenimiento, pero también fue archivo. Un archivo imperfecto, contradictorio y profundamente humano.
Pensar en la radio después de la humanidad puede parecer una paradoja. ¿Qué sentido tendría una frecuencia cuando ya no existan oyentes? ¿Para quién transmitiría una emisora cuando las ciudades estén vacías y ninguna persona pueda responder? Tal vez justamente allí aparezca una de las preguntas más profundas sobre este medio: si la radio nació para conectar seres humanos, ¿qué queda de ella cuando los seres humanos desaparecen? Este texto propone imaginar ese último instante. No como una profecía sobre el fin del mundo, sino como un ejercicio de memoria y de imaginación. Una última frecuencia atravesando el silencio, llevando consigo las voces de una especie que alguna vez necesitó hablar, escuchar y ser escuchada. Porque quizá la última transmisión de la radio no sería una noticia, una canción ni una despedida. Quizá sería algo mucho más sencillo: la prueba de que, mientras estuvimos aquí, hubo alguien al otro lado del micrófono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario